Discurso de Rakel Dink
DISCURSO DE RAKEL DINK
Madrid, 14 noviembre 2007
Queridos miembros del Club Internacional de Prensa, queridos invitados e invitadas,
Mi esposo ha sido un defensor de la libertad y de todos los derechos humanos básicos, sobre todo el de la libre expresión. También trató de alcanzar el corazón del pueblo, en su propio estilo, insistiendo que los hechos históricos deben ser expuestos y los dolores deben ser compartidos. Lo hizo con gran coraje, entusiasmo y pasión.
Él pensó, habló y escribió con libertad. A pesar de que sabía que su vida estaba en peligro, trabajó empedernidamente y confiando en el país en que vivía, en sus lectores y en la humanidad entera. El se manifestó con la pluma, no con las armas, y aunque las armas acabaron con él, no acabaron con sus ideales. Esos ideales le permitieron demandar justicia no sólo para él, sino para todos. No quiso dejar a sus amigos solos en la lucha, esos que pensaban como él, que aspiraban a derechos democráticos como él.
Hoy, todos estamos profundamente doloridos por su partida, y agradecemos que el mundo entero haya compartido nuestro dolor y llorado con nosotros. En realidad, deberíamos llorar por aquellos que bárbaramente matan a gente inocente, porque son dignos de lástima. Yo siento pena por aquellos que asesinaron a mi marido, porque son los enemigos de la humanidad, la paz, el amor, la comprensión y la lealtad y no comprenden el sentido de sacrificio. No tienen idea de lo que significa el coraje de defender los ideales. Repito que siento lástima por ellos, porque se encuentran en una situación miserable.
Si, como sugieren las Sagradas Escrituras, hubieran pedido perdón, se hubieran salvado, hubieran sido absueltos del crimen y de todos los sentimientos negativos que arrastra ese crimen: el orgullo, la vanidad, el prejuicio y los deseos de arrasar la propiedad, la vida y el honor ajenos.
Si Turquía desea tener un futuro claro y brillante, hoy es su oportunidad. Este caso debe ser seriamente investigado y los verdaderos criminales deben salir a la luz. Tal vez entonces Turquía no tropiece con la roca moral que tiene delante, dé un salto sobre ella y se libere para siempre de la nube negra que lo rodea. De modo que sería por su propio bien.
Nosotros ya perdimos a Hrant Dink. Ya poco nos importa que se castigue a miles o a ninguno… Este es un asunto de honor para la Justicia de Turquía. Aquí quiero contarles algo personal. Luego del trágico hecho, estábamos sentados en casa, con mi hija, y en un momento élla me dijo: “Mamá, nosotros sobrevivimos 1915, y, ahora, otra vez… ¿Qué hicimos para merecer esto?” Me sobrepuse y le contesté: “No, hija, esto no es igual a esa masacre. La situación de éllos era mucho más difícil. En ese entonces, familias que eran numerosas desaparecieron. Sólo sobrevivieron uno o dos de éllos, y ni siquiera tenían un hombro donde llorar. Se quedaron sin hogar, hambrientos, en la calle.
En cambio, nosotros… ¿Ves? Estamos sentados bajo un techo. Estamos en mejores condiciones, rodeados por la familia entera”. Entonces nos abrazamos y agradecimos a Dios de lo que teníamos. Mi familia y yo tomamos fuerza a través de ustedes. De modo que pensamos seguir defendiendo los ideales de libertad y de libre expresión de Hrant Dink.
Ésa es nuestra misión sagrada. Obtener un premio es agradable, y ser valorado es un consuelo. De modo que agradezco de corazón la distinción con que el Club Internacional de Prensa honra la memoria de Hrant Dink y se identifica con sus ideales. Este acto quedará grabado en los anales de la comprensión y la justicia, para siempre.
Muchas gracias.

